(Dedicado a la PLOCC, Plataforma Onubense
de Cultura Contemporánea, donde puede que desconozcan que junto a su sede nació
el germen de este relato).
Siempre había oído decir, pronunciado
con nuestro peculiar acento: “Eso, está más perdío quel barco el arró”, aunque
nunca había tenido ocasión de conocer el origen de la frase. Por eso, desde el
momento en el que un compañero de estudios me reveló que su abuela podía
contarme una historia relacionada con la expresión popular, ardí en deseos de conocerla.
La anciana era de edad avanzada,
y sin embargo su voz sonaba clara y joven. Parecía encantada con una audiencia
tan atenta como la mía. Según me confesó, a sus nietos les interesaba poco lo
que ella les contaba. Sentada en una butaca de mimbre, aquella señora tan gentil
fue desgranando para mis oídos los recuerdos que conservaba sobre las aventuras
que vivió su marido en relación con el llamado barco del arroz.
Hubo una época en la que las
sequías prolongadas o cualquier otro desastre climático producían grandes
hambrunas en Andalucía; y así ocurría por aquel tiempo. Se esperaba con
impaciencia la llegada de un gran vapor cargado de arroz, que vendría a paliar
en parte la escasez de comida en toda Andalucía Occidental. Pero la fortuna no
le fue propicia a nuestra gente, y la nave se hundió debido a un fortísimo
temporal junto a las costas de Huelva. Existen varias versiones en relación con
la fecha, la procedencia, el destino y el lugar del naufragio de aquel mítico
barco; sin embargo, aquella amable narradora me proporcionó los detalles
nítidos de quien ha vivido de primera mano algo que marcó su vida y la de su
hogar.
De aquel naufragio se hablaba de
un modo nebuloso, en una época en la que la población en general tenía poco
acceso a la información. Tanto fue así, que al final solo permaneció su recuerdo
en el conocido dicho coloquial. Por eso cuando el marido de aquella señora, un
joven emprendedor y soñador chatarrero, quiso saber qué había de cierto en la conocida
expresión, habló con las personas de más edad que tenían noticias de la
tragedia, buscó en los libros de registro de la Comandancia de Marina, de
Aduanas y de otros organismos oficiales, y al final comprobó que el barco del
arroz había existido de verdad.
A pesar de casi conocer el lugar
aproximado donde se hallaría el barco hundido, no fue tarea fácil la
localización del pecio. El chatarrero tuvo que contratar a sus expensas a un
equipo de buzos extranjeros. Y cuando por fin encontró la pieza que andaba
buscando, tuvo que recurrir al Puerto de Huelva, que le cedió los medios
técnicos con los que afrontar la recuperación del codiciado ingenio metalúrgico.
Los trabajos en la mar siempre
han resultado problemáticos; y en aquella ocasión no lo iban a ser menos. El impetuoso
joven luchaba desde los pontones flotantes con las cabrias, los cables de acero
y las cadenas. Todo el entramado se movía al compás de las olas; pero por fin
consiguieron sujetar la gran caldera con grilletes y cables de acero a los
tanques de recuperación. Después iniciaron la presurización de los mismos con
aire comprimido desde la superficie, mediante mangueras de alta presión. Sin
embargo, los múltiples anclajes de la caldera a la estructura del barco no la
dejaban ascender.
Por eso, cuando los tanques de
reflotado comenzaron a desalojar el agua de su interior e iniciaron el
movimiento de ascenso hacia la superficie se produjo tal tensión en los cables,
las cadenas y los grilletes, que sin previo aviso se rompió una pasteca y saltó
por los aires, con tan mala fortuna que golpeó al chatarrero en toda la boca y
le destrozó la dentadura.
Por fin, después de penalidades sin
cuento, la aventura se vio coronada por el éxito, y aquel joven tan valiente e
imaginativo obtuvo unos buenos beneficios económicos, pese que los pagó con sus
propios dientes y las elevadas facturas que tuvo que afrontar.
A la anciana viuda le brillaban
los ojos cuando me contaba estas cosas. Rememoraba con orgullo la gran ilusión que
supuso para ella vivir junto a su marido aquellos días de incertidumbres y
riesgos, en unos momentos en los que los recién casados suelen dedicarse a
otros menesteres más románticos.
Solo me resta decir que he retomado
estos entrañables recuerdos, después de cincuenta años, del desván de mi
memoria, donde han permanecido dormidos, hasta ahora en
que han despertado para que os los transmita a vosotros, mis leales
lectores.
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