Sobre el serrín de aquel
escaparate aparecían de manera cíclica objetos
encantadores que hacían las delicias de los niños. Baltasar se adelantaba a
todas las celebraciones con puntualidad británica: su ventana, además de una
promesa de diversión segura, era el mejor almanaque que podía consultar la
chiquillería de Huelva.
Exponía sus artículos de manera
temática, según las épocas del año, aunque dentro de un cierto batiburrillo
encantador: junto a belenes con portalitos de corcho, pastores, lavanderas y
animalitos de barro, podía haber dentaduras de pega, serpentinas, matasuegras,
caretas o bolitas de peste; lo que nos permitía recrearnos durante largos ratos
con las narices pegadas a aquel cristal mágico. Y así, durante décadas, el
escaparate de Baltasar se convirtió en parada obligatoria para miles de ojos
inocentes que soñaban con poseer castillitos de Herodes, molinos de viento o
mecanos metálicos.
Baltasar era un hombre serio por
fuera, al que jamás se le vio siquiera sonreír (al menos yo nunca lo vi), enfundado en su eterna bata gris; de cabeza
pequeña y redonda, cubierta de abundante cabello blanco, en punta, demasiado
corto para la moda de la época. No obstante se adivinaba su bonhomía en aquella
especie de ministerio que ejercía, de suministros infantiles. Y solo por esa
función social que alimentaba nuestras ilusiones, los poderes públicos deberían
haberle subvencionado. Sin embargo el buen hombre tuvo que diversificar su
negocio hasta límites insospechados. En aquella tiendecita, teóricamente de
ultramarinos, lo mismo hacía capirotes de cartón por Semana Santa, que vendía
trampas para los pájaros.
Desde su aparente severidad,
hacía gala de una retranca famosa. En una ocasión un niño le preguntó:
-Baltasar, ¿tiene usted trampas
de dos reales?
A lo que el tendero le respondió muy serio:
-¡Ojalá!, hijo, ¡ojalá!
Ya habían cambiado los tiempos, y
las nuevas generaciones de onubenses tenían acceso a divertimentos más
sofisticados que los que ofrecía Baltasar en su ventana. Por lo que, fiel a su
política de diversificación del negocio tuvo el hombre que iniciar una
actividad complementaria: organizaba excursiones. La nueva actividad, según
parecía, le reportaba algún beneficio; tanto fue así que un buen día sobre el
mostrador apareció un cartel: “Baltasar este año se va de vacaciones”. Teniendo
en cuenta que siempre le habíamos visto al pie del cañón, incluidos domingos y
fiestas de guardar, fuimos muchos quienes nos alegramos de aquel logro suyo.
Pero, ¡oh! desdicha: unos
desaprensivos entraron en la tienda durante sus cortas vacaciones y le robaron
los jamones que tenía dispuestos para la venta. Aquello le causó una gran
desolación.
No obstante, Baltasar continuó
con su actividad habitual; pero nadie se extrañó, y a muchos divirtió el rasgo
de ingenio y fino sentido del humor con el que encandiló a la ciudad. Al verano
siguiente colocó de nuevo sobre el mostrador un cartel en el que podía leerse:
“Baltasar este año no se va de vacaciones”.
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